Como refugio y como bienvenida
como esperanza y como ilusión,
como deseo y como disfrute.
Un espacio donde lo infinito
se materialice.
La taza de café y la rodaja de pan con miel.
En verano la huerta reinando
entre zapallos, girasoles,
choclos y tomates pequeñitos (o grandes)
Desde la ventana de la cocina, la mejor vista.
Desde el ventanal de la sala, la mejor bienvenida.
Tras la cerca de cañas que protegen el hogar
al que solo entramos nosotros.
Más allá la tienda, el bar,
la sala de envasado,
las mieles y a veces las mermeladas de estación.
La mesa grande que nos invita a sentarnos alrededor.
El caminito con los carteles que orientan el paso.
Y la memoria del contrato que nos trajo hasta aquí.